Parece ser que la tranquilidad es uno de los requisitos casi innegociables para las personas que cada vez más buscan trasladarse a los barrios cerrados. Si bien estos espacios ya contaban con cierta preferencia y público, con la pandemia su demanda aumentó.
Giselle González, politóloga e investigadora del CONICET, explica a En Movimiento que la vida en espacios abiertos y verdes impactó en dos sentidos. “Hubo un aumento de la población al interior de espacios no diseñados inicialmente para circulación masiva de personas y se estimuló la construcción de nuevos proyectos de hábitat sustentable para dar respuesta a los cambios de paradigma desatados por el covid-19”, dice.
Para la especialista, la pandemia “evidenció la necesidad de contar con espacios de uso familiar y social que, a la vez, funcionan como vías de escape ante la posibilidad de nuevas crisis sanitarias de parálisis global”.
A partir de su experiencia, Alberto Carrara, dueño y fundador de Vialseg, empresa en ingeniería vial y seguridad urbana, compara ese aluvión de personas que prefiere vivir lejos de las grandes urbes, con el 2001, “momento en que comenzó el crecimiento de los barrios privados y countries buscando calidad de vida”, argumenta.
Entre todas las cuestiones que giran en torno a los barrios cerrados, se encuentra la seguridad vial. Si bien el caudal de los autos es menor que en la ciudad, es un aspecto muy importante a tener en cuenta.

Para Carrara, esta cuestión es de gran relevancia. “Los complejos, al no tener veredas, generan una interacción de vehículos y peatones muy particular y diferente a la que ocurre en la vía pública”, explica a En Movimiento. De aquí nace la importancia de diagnósticos, planes y tecnología de avanzada para controlar el tránsito.
Al respecto, Federico Villanueva, Gerente General de Vialsegm, detalla que desde la compañía trabajan con displays ‘Indicadores de Velocidad’”, que actúan de manera preventiva, “mostrando con claridad la velocidad desarrollada por el vehículo”. En sintonía, Juan Martín Piedra, dueño y fundador de la empresa, agrega que la presencia de estos dispositivos “colabora con la toma de conciencia y el respeto de la velocidad máxima en las calles de barrios privados y countries”.
El lugar de la calle
El arquitecto y doctor en urbanismo Guillermo Tella detalla a En Movimiento los cambios y nuevos roles que se han dado en la urbanización. “Durante el siglo pasado nos hemos abocado a reconstruir la calle para uso y goce (casi) exclusivo del automóvil, para asegurar su desplazamiento, incluso en áreas residenciales”, afirma.
Así mismo, Tella reconoce que el desafío para los barrios “es garantizar los desplazamientos en términos de convivencia, donde en la calle no tengan prioridad unos respecto de otros”. Agrega además que, a través de un diseño orientado a peatones, “también se mejora y promueve el tránsito de bicicletas, además de permitir vehículos motorizados, pero generando escenarios tales que la prioridad sea para los modos de locomoción más débiles”.

De esta manera, el experto define que esta “pacificación del tránsito motorizado”, tanto en intensidad como en nivel de servicio, “no solo se mejoran los tiempos y los modos de traslado -y la seguridad de los mismos- sino que también se estimula a la permanencia en esos espacios mediante actividades pasivas y activas”, explica.
Por otro lado, el Tella sintetiza que mientras más atractivo sea el diseño “más utilizado será el espacio” y, por ende, “más intenso será su rol de fortalecedor de relaciones, promotor de ciudadanía, generador de valor, reductor de incidentes viales y desarrollador de una comunidad más integrada”. Para concluir, González llama a repensar “los usos y apropiaciones del espacio de uso común” en el que aumentó la circulación, “pero que no cuenta aún con dinámicas institucionalizadas para ordenar las rutinas de la cotidianeidad (como el juego de niños y familias en veredas donde también transitan vehículos)”.
*Publicada originalmente en septiembre del 2022.





