La música, como fenómeno comunicativo y artístico, es tan antigua como la humanidad. Al escucharla, no imaginamos cuánto impacto tiene en nuestro cuerpo y su funcionamiento. En las últimas décadas, la evolución de la neurociencia y las posibilidades tecnológicas permitieron la proliferación de investigaciones sobre el impacto que tiene la música en nuestro cerebro.
Según un informe del Global Council on Brain Health (GCBH), la música estimula diversas áreas del cerebro, como la memoria, el movimiento y el estado de ánimo. De hecho, puede estimular varias áreas al mismo tiempo. “Nada activa el cerebro como la música”, dice Jonathan Burdette, profesor de neuroradiología en la Facultad de Medicina de la Wake Forest University y colaborador del informe del GCBH.
“Al escuchar música, se ponen en juego múltiples reacciones neurofisiológicas, como la variación de la frecuencia cardíaca, respiratoria y también la respuesta electrodérmica. Todo nuestro cuerpo se moviliza y se activa en contacto con la música”, comenta María Laura Abuchdid, doctora en psicología, en diálogo con En Movimiento.
En la misma línea, Fros Campelo, speaker internacional, orador TEDx y autor de seis libros sobre comportamiento humano, afirma que la música puede ayudar a motivar, liberar estrés y mejorar habilidades cognitivas.
“Hay muchas formas o razones para explicar esto”, desliza el experto. Y completa: “Para empezar, nuestras neuronas están cableadas de tal forma que, congénitamente, el ser humano tiene lo que se puede llamar ‘sineskinesia’, un fenómeno que tiene que ver con una suerte de sincronización entre los movimientos que hacemos y lo que percibimos a través de diferentes sentidos”.
¿Qué quiere decir esto? Que diversos estudios científicos sugieren que, independientemente de la edad, bagaje cultural, nacionalidad o idioma, los seres humanos tendemos a responder con ciertos movimientos a determinadas figuras que se nos exponen. “Esto nos pasa no sólo con lo visual, sino también con lo auditivo”, repone Campelo.
Y agrega que la música rítmica, por ejemplo, “nos lleva a sincronizar con movimientos enérgicos e impetuosos. Y esos movimientos, fisiológicamente, provocan la liberación de ciertas hormonas, como las endorfinas, que, precisamente, actúan como analgésicos ante el estrés, tanto físico (mucho frío, calor o dolor) como psíquico”.
La música y su anclaje emocional
Una encuesta elaborada por la AARP, la organización norteamericana sin fines de lucro que atiende las necesidades e intereses de los mayores de 50 años, halló que las personas que escuchan música califican aspectos de su calidad de vida y felicidad como excelentes o muy buenos. También reportan niveles medios más bajos de ansiedad y depresión.
El interrogante es el siguiente: ¿cualquier música ayuda a liberar estrés, motivarnos y mejorar las habilidades cognitivas? María Laura Abuchdid subraya que existe un fenómeno denominado “emoción musical”. La forma en que percibimos la realidad, los pensamientos que generamos y nuestras conductas se relacionan con las vivencias y aprendizajes que hemos almacenado a lo largo de la vida. Todo ello constituye nuestra memoria, identidad y ser.
“Por eso, cuando percibimos un estímulo, en este caso auditivo, se pone en juego gran cantidad de procesos neurofisiológicos, cognitivos y psicológicos, que dan cuenta de los efectos que produce en nosotros escuchar música”, enfatiza la coordinadora de PsiNec.
Además de realizar todo el recorrido que implica decodificar un estímulo auditivo, la música activa el sistema límbico, encargado del procesamiento emocional.
En otras palabras, esto hace que determinadas canciones o melodías nos lleven directamente a ciertos rostros, sensaciones y situaciones almacenados que han quedado asociados a esa música.
“Si el registro emocional de aquel elemento asociado es negativo, las sensaciones amargas, de angustia o de enojo vuelven con fuerza contundente. Si, en cambio, ese recuerdo se vincula con una emoción de valencia positiva, los investigadores han encontrado que se activa en nuestro cerebro una estructura que forma parte del circuito dopaminérgico, o circuito de recompensa”, describe.
La doctora advierte que “si quedamos muy capturados por la emoción evocada, podemos perder la concentración para el aquí y ahora que tanto necesitamos para conducir”.
Música al manejar: ¿un hábito aprendido?
Fros Campelo sostiene que, desde el punto de vista psicológico, que algunas personas necesiten música para hacer alguna actividad, como conducir, se explica esencialmente a partir de hábitos. Un individuo puede acostumbrarse a ejecutar ciertas acciones y a emprender ciertos procesos mediante la asociación con estímulos externos.
Sin embargo, que a algunas personas les resulte bien estudiar, correr o manejar con música no quiere decir que sea para todos igual. Sobre esto, el conferencista advierte que “hay que tener cuidado con premisas genéricas como ‘escuchar música te da mayor productividad’”.
“Esa premisa es falsa”, enfatiza. “Primero, porque si vos te concentrás por hábito sin música, el hecho de que te pongas auriculares con la música que te gusta va a hacer que tu atención se deposite en ella. Y ahí va a suceder un multitasking (multitarea) entre tus sentidos y habilidades cognitivas del cerebro, en el que la energía no puede distribuirse apropiadamente entre ambas cosas al mismo tiempo”, ahonda Campelo.
Algunos autores —resalta Abuchdid— sostienen que puede utilizarse música suave con el objetivo de reducir el cortisol, que es la hormona que se libera cuando estamos estresados y el cuerpo. Otros estudiosos sugieren que la exposición a altos volúmenes o tempo acelerado produce un nivel de activación fisiológica que resulta perjudicial para la conducción.
De una manera u otra, es innegable el poder que ejerce la música sobre nuestro cerebro. Y el hecho de que influya positiva o negativamente en el proceso que estamos ejecutando, ya sea estudiar, pintar, trabajar o conducir, depende entonces de varios factores: el tipo de música, las emociones asociadas y los hábitos adquiridos.





